Por Paul Sucapuca
Hay libros que se leen y otros que nos leen a nosotros. El mar que nos espera, de Orlando Mazeyra, pertenece a esta última y escasa categoría. Comencé su lectura la madrugada del 3 de junio de 2026, a las 00:15 horas, en la ciudad de Arequipa. Lo que imaginé como el encuentro casual con un libro terminó convirtiéndose en una travesía emocional de la que resultó imposible salir indemne. Hoy, a las 17:38 horas, he llegado a la última página con esa alegría silenciosa y profunda que solo reconocemos quienes amamos los libros: la certeza de haber encontrado una obra capaz de acompañarnos más allá de su final.
Desde las primeras líneas, la escritura de Orlando Mazeyra se impone con una fuerza inusual. Su pluma es audaz, ágil y directa; no rodea los acontecimientos ni se refugia en adornos innecesarios. Cada frase parece lanzada con la precisión de una saeta al corazón, atravesando las defensas del lector para instalarse allí donde habitan los recuerdos, las pérdidas y las preguntas que rara vez nos atrevemos a formular. Hay en su prosa una honestidad descarnada que incomoda y seduce al mismo tiempo.
Los relatos que conforman este volumen están habitados por personajes que avanzan entre los escombros de sus propias vidas. El miedo aparece como una presencia constante; el trauma, como una cicatriz que nunca termina de cerrarse; y el desamor, como una sombra que persiste incluso cuando todo parece haber concluido. Los excesos del alcohol, el consumo de sustancias prohibidas, la frustración y la muerte no son simples recursos narrativos: son manifestaciones de una humanidad fracturada que busca, a tientas, algún sentido en medio de la oscuridad.
La pandemia de COVID-19 atraviesa estas historias como una corriente subterránea. No se presenta únicamente como un hecho histórico, sino como una atmósfera emocional que impregna cada página. El aislamiento, la incertidumbre y la conciencia y la inconciencia de la fragilidad humana adquieren una intensidad particular bajo la mirada del autor, quien convierte el dolor colectivo en materia literaria sin caer jamás en el lugar común ni en la complacencia.
Lo admirable de "El mar que nos espera" es su capacidad para sostener la belleza incluso cuando explora los territorios más sombríos de la experiencia humana. Mazeyra escribe desde las heridas, pero también desde la lucidez; desde la pérdida, pero sin renunciar a la compasión. Sus relatos nos recuerdan que la literatura no existe para apartarnos de la realidad, sino para obligarnos a contemplarla con una profundidad distinta.
Cierro este libro en la ciudad de Juliaca, cuando la tarde comienza a declinar, con la sensación de haber regresado de un largo viaje. Quedan las voces de sus personajes resonando en mi memoria, quedan sus imágenes, sus silencios y sus preguntas. Y queda, sobre todo, la gratitud hacia Orlando Mazeyra por haber escrito una obra que se atreve a descender a las profundidades del miedo, el trauma y el desamor para extraer de ellas una verdad literaria luminosa y perturbadora.
Orlando, no pares de escribir. Continúa internándote en esas aguas donde pocos narradores se aventuran. Porque en tiempos de palabras fugaces y emociones superficiales, tu literatura demuestra que todavía existen autores capaces de transformar el dolor en belleza y la experiencia humana en una forma perdurable de arte.
¡Absolutamente recomendado!

